Ese día amanecí sin ganas de nada, ni de salir de la cama siquiera, con lágrimas en los ojos y un hueco en el pecho al que, aparentemente, no veía sentido, pero el cual llevaba tanto tiempo ahí que empezaba a verlo como algo diario, como una costumbre que poco a poco me iba matando por dentro mientras se hacia hueco en mí. Esta idea me aterraba, pero no sabía si realmente podía hacer algo para cambiarlo, y muchas veces incluso temía que cambiase, porque sabía que la vuelta sería peor, mucho peor. Pese a todo esto, debía salir de mi escondite, arreglar lo inarreglable, desayunar e ir al sitio en el que había quedado con el grupo, así que puse mi lista de reproducción, entré al baño arrastrando los pies, me aseé, cepillé eso a lo que la gente suele llamar pelo, cogí lo primero que vi en el armario y me lo puse. No había nada preparado para el desayuno y no tenía tiempo para ello, por lo que metí un zumo en la mochila y cogí una manzana del cesto para ir comiéndomela por el camino.
Al salir, me puse la chaqueta y cerré. Hacía más frío del que parecía, pero aún así, no se estaba mal fuera. Tenía que ir andando sola, como siempre, por lo que decidí aumentar el paso, tenía la sensación de que alguien me observaba y puede que Alex llegase antes de tiempo, al menos el parque no quedaba muy lejos de mi casa ni de la suya.
Una vez llegué, me quedé sentada en un banco mirando el columpio en el que me siento cuando venimos juntos. Es irónico que no haya ido nunca al parque de pequeña y que ahora, si salgo, suela ser a este parque. El viento mecía suavemente el columpio mientras hacía sonar las hojas de los árboles y los arbustos, aún con el rocío de la noche anterior. No parecía que el tiempo invitase a quedar, ya que el cielo estaba completamente nublado, el viento iba aumentando lentamente y parecía que en las próximas horas iba a haber tormenta. Igualmente, hoy quedarnos en casa no era una opción, Eric acababa de perder a su hermano mayor en un accidente de coche en el que iban juntos y acababan de darle el alta. Apenas recordaba nada del accidente, pero la perdida de su hermano nos había afectado mucho tanto a él como al resto del grupo.
Sin apenas darme cuenta, mientras estaba inmersa en mis pensamientos, había llegado Alex al parque y se iba acercando al banco en el que estaba sentada. La sensación de que me observaban seguía ahí, pero en el parque me sentía más segura y con él ahí más aún.